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El buen profesor

Hace unas semanas, al terminar una clase, me quedé hablando con un alumno que estaba harto del modo de entender la enseñanza de algunos de sus profesores. Ese día estaba especialmente indignado con un profesor que se había salido por las ramas cuando este alumno le pidió que por favor le enseñase a redactar bien, que era su gran lastre, y que por eso no conseguía los resultados que quería, y más ahora, que su entrada en determinada carrera científica dependía de sus notas. Ante la dejadez de este profesor trató el problema con su familia y decidieron contratar a un profesor de clases particulares para atender en exclusiva esta limitación. Uno más, porque este chaval se pasa las tardes en clases particulares de todo tipo.

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Fotoframa de Entre les murs de Laurent Cantet, 2008

Lo sorprendente es que es un chico que tiene interés por todo, que es curioso, que tiene capacidad de sobra, que siempre ha sacado muy buenas notas sin necesidad de grades esfuerzos, y es ahora, en su último año antes de entrar en la universidad, cuando se da cuenta de todas las deficiencias educativas que ha ido arrastrando sin ser consciente de ello.

Se quejaba de que todos los cursos anteriores a éste en cierto modo habían sido una tomadura de pelo, salvo honrosas excepciones, ya que le exigían lo mínimo, y ahora, de un año a otro tenía que saber hacer comentarios de texto, cuando unos meses atrás no sabía ni qué era eso.

Nuestra conversación derivó en qué era ser buen profesor y qué era ser un mal profesor. Muchas cosas coincidían con lo que yo ya pensaba, pero otras muchas me sorprendieron y me han llevado a reflexionar. He ido comprobando, con otros muchos alumnos, que realmente existe un consenso. Como ni quiero ni debo extralimitarme con otras áreas de la enseñanza que no son las mías, voy a enumerar y explicar las que sólo competen a la asignatura de Química. Podría hablar de que un buen profesor debería enseñar a sus alumnos a redactar un comentario de texto, pero ni siquiera yo sé muy bien cómo se enseña eso, así que no voy a inmiscuirme ni a juzgar algo que no es de mi competencia.

1. Un buen profesor de Química tiene que saber mucha Química. Este punto, para mi sorpresa, fue el más importante por mayoría. Yo pensaba que para muchos chavales era más importante la simpatía del profesor que el nivel de sus conocimientos, pero esto deja de ser así una vez abandonan la primaria. Demandan un profesor al que poder preguntarle absolutamente todo, y que tenga capacidad y conocimientos más que suficientes para responder con rigor. Esto les da mucha confianza y les inspira.

Yo siempre he criticado a los profesores que se aventuran a impartir asignaturas para las que no están cualificados, simplemente porque la ley se lo permite. Los chavales, no sólo los demás profesores, son conscientes de sus carencias, les pierden respeto y la confianza, y terminan por cuestionarse hasta qué punto es cierto todo lo que el profesor les cuenta en clase. Dicen que es muy fácil detectar a estos profesores: se les nota inseguros, jamás se salen del temario, evitan preguntas, no se separan del libro de texto, lo consultan constantemente, y dejan cuestiones sin resolver hasta la siguiente clase.

Mi reflexión personal es que el mal que hacen este tipo de profesores está por encima de enseñar mal ciertos conceptos – cosa que ya es gravísima de por sí- sino que además están enseñando que no es necesario estar bien preparado para ejercer un trabajo, que la responsabilidad individual es una quimera, que lo importante es cobrar a fin de mes, caiga quien caiga, sin respetar algo tan sagrado como la educación.

2. Un buen profesor de Química tiene que ser empático. Este punto puede parecer más subjetivo, pues hay personas que sin proponérselo despiertan más simpatía que otras. Con respecto a esto me puntualizaron que valoraban mucho el hecho de que los profesores se preocupasen por cada uno de los alumnos de forma individual, que cuanto antes sepan sus nombres, carencias, que preguntasen constantemente, que recibiesen con agrado todas las cuestiones que surgen en clase, y que tratasen de adaptar su lenguaje al lenguaje de los alumnos. Que no se trata de abrirse a ellos, de contarles anécdotas personales para crear cercanía, que se trata de percibir que la preocupación por ellos, porque entiendan bien los conceptos es sincera. Que si una clase sale mal porque la manera de explicar o el método escogido no resultó eficaz, que el profesor se preocupase de buscar alternativas para clases sucesivas, sin impacientarse por llevar el temario al día.

También mencionaron que muchos profesores destacan por tener la habilidad de adaptarse tanto a alumnos que necesitaban mayor dedicación como a alumnos de elevadas capacidades. Desde mi punto de vista, tanto un extremo como otro merecen esa mayor dedicación. Un alumno con ciertas deficiencias necesita más ayuda, más material, más tiempo, y para eso el profesor ha de estar disponible para subsanar todas esas necesidades, y muchas veces ha de optar por salirse del horario habitual, como dedicarle unos minutos más al finalizar una clase o prepararle material específico. Los alumnos con alta capacidad o que destacan en Ciencia suelen ser personas curiosas e inquietas, desbordan energía, y es labor del profesor el saber canalizarla y orientarla adecuadamente. A estos alumnos hay que ofrecerles más fuentes de información y retarles a afrontar ejercicios más complejos que acrecienten su excelencia. La actual fobia imperante a la excelencia creo que es un grave error. Resultaría menos trabajoso impartir docencia en una clase con alumnos de capacidad homogénea, pero eso nunca es así, y negarlo, o tratar de unificarlos sólo lleva a crear frustración a unos y a otros.

3. Un buen profesor de Química tiene que ser trabajador, que tener capacidad de sacrificio. Los chavales valoran mucho el hecho de que un profesor corrija rápido los exámenes y los trabajos. No sólo porque así demuestran preocupación por ellos, sino que eso también implica que el profesor está preocupado por cómo funcionan sus clases, también es una forma de evaluarse a sí mismo.

En mi opinión es fundamental corregir de inmediato, para que los alumnos sean conscientes de sus errores cuanto antes, cuando aún no se han olvidado de cómo abordaron cada cuestión y antes de saltar a nuevos contenidos. Si es posible corregir de un día para otro hay que hacerlo.

4. Un buen profesor de Química tratará de dar el mayor número posible de clases en el laboratorio. Muchos de los contenidos de Química se ven en los libros, se explica qué sucedería si se hace esto o lo otro, si se mezcla esto con lo otro, pero la imaginación no es tan poderosa como la realidad. No siempre se pueden llevar a cabo todos los experimentos, normalmente por falta de recursos, pero sí agradecen que las clases en el laboratorio sean algo habitual. Si se acostumbran a trabajar en un laboratorio no habrá que lidiar con la excitación que provoca el visitarlo a cuentagotas. Si lo visitan poco, no se acostumbrarán, no aprenderán, porque están más emocionados con la visita en sí que con aprender. El entusiasmo puede nublar la experiencia.

Es muy gratificante para ellos y para el profesor el día en que los alumnos se defienden con soltura en un laboratorio: conocen el material, saben trabajar con seguridad, con un sencillo guion de la práctica no necesitan mucho más, sólo ser supervisados.

5. Un buen profesor de Química ha de estar conectado al mundo de la Química. Nada les seduce más que un nuevo descubrimiento, un nuevo avance, la química que se esconde en lo cotidiano, que les enseñe qué es lo que verdaderamente va a ser importante si se van a dedicar a la Ciencia, que no ser corte a la hora de ampliar contenidos si lo considera imprescindible para su futuro, y que no se ciña exclusivamente a los ejercicios de Selectividad, ni hable constantemente de eso, ya que eso les frustra y les pone especialmente nerviosos. Eso no es Química, eso es un trámite administrativo más. Dicen que el entusiasmo de un profesor por su asignatura se nota en estas cosas, y que es altamente contagioso.

Los profesores que además complementan su labor docente con la divulgación científica son más respetados, ganan autoridad e inspiran.

6. Un buen profesor de Química ha se ser profesor el 100% de su tiempo. Valoran mucho a los profesores que van más allá del aula, que pasan tiempo preparando prácticas en el laboratorio, que se preocupan de conseguir y elaborar nuevos materiales o que traen sus propios cachivaches científicos a clase, que invitan a otros profesores o investigadores al centro, que organizan visitas y excursiones a centros de investigación o universidades, que comparten artículos, libros, noticias.

Estos profesores, dicen, son los que se quedan después de una clase a explicarte algo que no has entendido, que “sacrifican” una hora libre en su horario o un recreo para que no te quedes con una duda, que tienen tu correo electrónico y te envían más ejemplos, ejercicios resueltos, lo que haga falta. Un profesor que en una hora no lectiva contesta una de tus dudas, cosa que quizá no le consuma más de diez minutos, será siempre respetado y querido.

 

 

Releyendo lo escrito es fácil darse cuenta de que todos estos puntos deberían ser comunes a todos los profesores, más allá de la asignatura que impartan. Todas estas reflexiones podrían resumirse en ser profesional, dedicado y responsable.

El éxito de un profesor, como cualquier éxito de la vida, se logra cuando uno pone pasión en lo que hace.

El alumno por el que me lancé a escribir y a indagar sobre todo esto empieza esta tarde sus clases de redacción, las que espero le permitan alcanzar la nota media que necesita para entrar en la carrera de ciencias con la que sueña. Suerte que su familia puede costear otra clase particular más. Pero eso ya es otra historia.

 

 

 

    1 comentario en "El buen profesor"

    • Conchi says

      Desgraciadamente muchos de los puntos que mencionas no dependen de la voluntad del profesor:
      – Sin desdobles de laboratorio y con grupos de más de 30 alumnos.
      – Sin apenas huecos en su horario (yo hoy me las he visto para conseguir ir al baño en toda de mañana, como para resolver dudas fuera de clase).
      – Sin tiempo libre, como los interinos, obligados a opositar todos los años. Y por tanto sin tiempo para casi todo lo que dices.
      – Sin continuidad en los centros. Imposible planificar y difícil innovar, te adaptas a lo que te encuentras, que a veces te gusta y a veces, no.
      Y a muchos profesores se les obliga a dar asignaturas que no son las suyas o se ven forzados como única vía para poder trabajar. No creo que haya muchos compañeros que disfruten con ese “intrusismo”…

      Por tanto, estoy muy de acuerdo en todo lo que dices, pero, por lo menos en mi caso, lograrlo depende cada vez menos de mi voluntad.
      por cierto, añadiría quizás que un buen profesor es capaz de crear un buen clima de trabajo agradable para todos sin perder la accesibilidad y la simpatía.

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