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¿Alguna vez has salido de la ciudad caminando?

No existen barreras reales que nos impidan salir de la ciudad caminando. No hay una cerca electrificante a estilo de la novela de ciencia ficción «Wayward Pines», ni una cúpula pintada de azul cielo como en la película «El show de Truman». Aun así, no solemos atravesar a pie la frontera entre la civilización y la naturaleza. Varios movimientos artísticos a lo largo de la historia reciente han encontrado en estas fronteras una forma de expresión y un discurso.

En los años sesenta, el grupo de pensadores y artistas llamados situacionistas, se refirieron a esta clase de fenómenos en los que el entorno condiciona el comportamiento y las emociones de las personas. Lo llamaron psicogeografía. ¿Hasta qué punto están condicionados nuestros paseos, nuestras rutinas y los caminos que escogemos para ir y venir?

Quienes alguna vez hayan «paseado a la deriva» se habrán percatado de que lo aleatorio es menos determinante de lo que se cree: existen zonas por las que la gente transita en un sentido mayoritario, con corrientes constantes, zonas en las que la gente tiende a pararse, zonas en las que se forman tumultos y remolinos que dificultan el acceso o la salida. En las ciudades existe un relieve psicogeográfico.

Cuando paseamos sin una motivación, sin un lugar definido al que llegar —tal y como definía Guy Debord la deriva—, realmente nos dejamos llevar por las solicitaciones del terreno. Es decir, que incluso cuando no nos dirigimos a ninguna parte, el entorno nos va diciendo a dónde ir y a dónde no ir.

Michael Heizer. Levitated Mass, 2012. LACMA, Los Angeles

El 14 de abril de 1921 tuvo lugar la Visita Dadá en la que se dieron cita conocidos dadaístas y surrealistas como André Breton, Jean Crotti o Tristan Tzara. Los asistentes partían de la iglesia Saint-Julien-le-Pauvre de París con la única intención de pasear a la deriva. Con esa acción reivindicaron el acto de pasear como forma de expresión artística.

Tres años después, André Bretón, Max Morise, Roger Vitrac y Louis Aragon, organizaron un recorrido errático por un campo abierto de Francia para explorar el acto de pasear, una de las acciones más naturales y cotidianas de la conducta humana. Al fin y al cabo, al pasear no sólo exploramos el paisaje, sino que nos descubrimos a nosotros mismos e indagamos sobre nuestro comportamiento.

El germen de la idea de pasear como práctica artística, o al menos como actitud estética, tiene su origen en la figura del flâneur de Charles Baudelaire (1821-1867). El flâneur es un paseante, alguien que se enfrenta a lo diverso y cambiante de la vida en la ciudad.

Del flâneur, al paseo a la deriva como expresión y exploración artística, surgió un movimiento artístico cuyo pilar es, precisamente, la importancia del itinerario: el Land Art.

 Robert Smithson. Spiral Jetty, Utah 1970. Lodo, cristales de sal y rocas. 4,57 m × 457,2 m. Utah.

El Land Art tuvo su origen en octubre de 1968 con la exposición colectiva «Earthworks» en Nueva York. El principio fundamental del Land Art es alterar el paisaje con un sentido artístico. Lo primero que hace el artista es explorar el entorno e interpretarlo, para luego hacer sobre él algún tipo de intervención específica. El artista o bien modifica el entorno utilizando materiales propios del lugar, como piedras o maderos, creando surcos, zanjas y túmulos con ellos, como es el caso de Robert Smithson o Michael Heizer. O bien emplea artificios para crear contrastes o ensalzar la naturaleza, como Christo y Jeanne-Claude.

El Land Art se fundamenta en la idea de que la percepción del entorno condiciona nuestro comportamiento y nuestras emociones. Por tanto, manipular el entorno es una forma de generar emociones.

Christo y Jeanne-Claude. Surrounded Islands, 1983. Polipropileno rosa. Miami.

Muchos de los ejemplos de Land Art son obras efímeras y cambiantes, que se han ido difuminando por el paso del tiempo, por la erosión, por la reconquista de la naturaleza. Al igual que ocurre en los entornos urbanos, la naturaleza se abre paso.

Esas zonas en las que el paisaje urbano se naturaliza son fricciones. Con frecuencia estas fricciones son ruinas: construcciones del hombre, paisajes que pertenecieron a lo civilizado y que han sido abandonados por éstos y reconquistados por lo salvaje. En estos lugares ocurre un bello fenómeno de transparencia. Algo es ruina sólo durante un tiempo, siempre y cuando se vislumbre parte de lo que ha sido y parte de lo que será. Lo que es del hombre se rinde a su destino, la muerte o la desaparición. Todo su microcosmos de tradiciones y huellas asume su final y se borra. Como una lápida con la inscripción erosionada que se va cubriendo de musgo y maleza.

Pero no todas las ruinas son monumentales. No siempre son edificaciones abandonadas. Hay pequeñas ruinas en cada calle. Esos jardines en movimiento —así los llamó el botánico y paisajista Gilles Clément— surgen en cualquier grieta del pavimento. Son pequeñas ruinas que engalanan las calles. Todo lo que no se usa, lo que no se transita, lo que está muerto, se cubre de una vida salvaje que no entiende de orden. Resulta paradójico que la vida silvestre se vivifique en los lugares en los que hemos dejado de hacer vida.

Tama Feijoo. Naturalezas invasoras (trifolium), 2013. (Fragmento). Tinta china sobre muro y gouache sobre papel.

Esas fricciones las llamamos tercer paisaje. El primer paisaje es lo natural, el segundo paisaje es lo urbano. El tercer paisaje es la bella transparencia de lo uno sobre lo otro.

Artistas contemporáneos como Tamara Feijoo ahondan en el sentido del tercer paisaje para hacer un discurso sobre la memoria, la conquista, la redención y el devenir. El tercer paisaje es la representación plástica y estética del paso del tiempo y la asunción de finitud.

¿Lo bello es lo que pertenece a la naturaleza? ¿Lo bello es la ficción de orden que creamos en el entorno urbano? ¿Lo bello es esa transición entre lo civilizado y lo salvaje?

Este tercer paisaje sucede en mayor medida por donde el tránsito no es habitual. Cuando nos alejamos del centro de la ciudad, esos jardines en movimiento que llamamos maleza advierten de que se está acabando el paseo. Imponen una barrera psicológica difícil de cruzar, esa impostada frontera entre la civilización y la naturaleza. Efectivamente el entorno condiciona nuestro comportamiento y nuestras emociones y, lo que sería un paseo a la deriva, se convierte en algo decisivo al llegar a la frontera: la voluntad de cruzar o no. Nada nos impide salir de la ciudad caminando.

Este artículo fue publicado originalmente en el cultural “El Observador de la Belleza” de L’Oréal

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