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La primera vez que estuve en un planeta fue durante el eclipse

Puedes verlo en vídeo, leer magníficas descripciones del fenómeno y de las sensaciones que provoca, pero si no vas al lugar en el que se produce un eclipse total y lo ves con tus propios ojos, no puedes hacerte una idea de lo que es.

Esto es lo que dice todo el mundo. Yo era bastante escéptica al respecto y, aunque el fenómeno despertó mi interés, ni siquiera estaba al tanto del eclipse hasta unos meses antes. De hecho, primero organizamos nuestro viaje por la costa este de los Estados Unidos sin saber que iba a producirse un eclipse solar total que cruzaría Norteamérica de oeste a este, desde el estado de Oregón hasta el de Carolina del Sur. Cuando nos enteramos, decidimos cambiar las fechas de nuestro viaje y organizarlo todo alrededor del denominado gran eclipse americano.

Yo tenía el recuerdo de haber visto un eclipse total a finales de los 90 desde mi casa de A Coruña. Recuerdo que mi hermano y yo estábamos en el dormitorio de mis padres, pegados a la ventana y observando el fenómeno a través de una radiografía. Por suerte no nos quedamos medio ciegos. Recuerdo haber visto el cielo gris, que parecía que se estaba haciendo de noche de una forma diferente a la de un atardecer. Recuerdo ver cómo la luna iba mordiendo al sol, hasta creía recordar que la luna llegó a tapar al sol completamente, haciéndolo desaparecer. Obviamente eso no sucedió más que en mi imaginación. En 1999 hubo un eclipse parcial de sol que sólo llegó a cubrir el 80% de éste.

Hay mucha diferencia entre un eclipse parcial y un eclipse total. Del 99% al 100%, en ese segundo en el que un eclipse pasa de ser parcial a total, se produce un cambio inmenso. La temperatura baja varios grados, los animales se comportan de forma extraña, los pájaros dejan de piar y los grillos grillan con estrépito. Puedes quitarte las gafas y ver el fenómeno con tus propios ojos.

El 20 de agosto de 2017, el día antes del eclipse, volamos de Washington a Saint Louis, Missouri. Elegimos esa ciudad por varias razones estratégicas. Por un lado, la meteorología de la zona de Saint Louis tenía un histórico de lluvias estable y favorable a lo largo de los años durante el mes de agosto. Por otro lado, su excelente red de carreteras nos permitía llegar en una o dos horas a varias localizaciones en las que se pudiese observar la totalidad del eclipse. La franja en la que el eclipse sería total y duraría el tiempo suficiente era de apenas 100 km de ancho, así que no había tantos lugares en Estados Unidos desde el que poder verlo. Barajamos la posibilidad de desplazarnos a Carbondale, donde la NASA tenía establecida su base de observación, a Columbia o a Saint Clair.

Días antes del eclipse se formó una tormenta que cubrió gran parte de la trayectoria en la que el eclipse sería visible. Se desplazaba de forma errática, con lo que las previsiones meteorológicas se volvieron muy variables. Tanto fue así, que el ambiente en la ciudad de Saint Louis y en el hotel que nos alojamos era muy tenso. Todo el mundo estaba mirando constantemente las aplicaciones del tiempo en sus teléfonos. En la televisión no se hablaba de otra cosa. Unos a otros nos preguntábamos dónde habíamos decidido ir a verlo. Para muchos había sido un largo y costoso viaje, una oportunidad única. Habíamos estado preparándonos durante meses para algo que apenas duraría un par de minutos. Una tormenta no podía estropearlo.

La mañana del eclipse comprobamos que las previsiones eran parecidas en Saint Clair y en Carbondale. Lanzamos una moneda al aire y salió cara. Nos fuimos a Saint Clair.

Salimos temprano y llegamos a Saint Clair sobre las 10 de la mañana. El eclipse no empezaría hasta las 11:48, alcanzando la totalidad a las 13:15. Saint Clair es una pequeña población que cae dentro de la famosa ruta 66, con unos 4.000 habitantes. En el centro no hay más que un par de cafeterías, una pequeña plaza atravesada por las vías del tren, un taller, varias iglesias de diferentes religiones y casas de una o dos plantas. Pero ese día estaba llena de gente de todo el mundo. Hablamos con gente de Suecia, Francia, Canadá, Chile, Argentina…

La acogida fue magnífica. Al llegar te regalaban botellines de agua fría. El sheriff paseaba repartiendo gafas para ver el eclipse con seguridad. Y todas las zonas verdes estaban ocupadas por turistas como nosotros, tumbados en el césped bajo el cobijo de la sombra de los árboles, comiendo snacks y bocadillos.

Cada cierto tiempo nos levantábamos a ver cómo iba el eclipse, cómo la luna iba mordiendo al sol y cambiando la luz. La temperatura fue bajando poco a poco. Cuando estábamos al 90% el color de las cosas era diferente. La luz se había vuelto blanquecina, tal y como recordaba el de 1999. Parecía que la hierba y la piel se volvían más nítidas, con colores más realistas. Podíamos observar con claridad un curioso fenómeno, y es que la sombra del follaje de los árboles reproducía cientos de eclipses en el suelo.

Cuando faltaban unos 10 minutos para que se produjese la totalidad, nos fuimos a la zona de las vías del tren. Desde allí podíamos ver el horizonte. Todos estábamos muy nerviosos. Había llegado el momento y ninguna nube iba a impedir que lo viésemos en todo su esplendor. La gente exclamaba ¡Ya viene!

La luna eclipsó al sol por completo. El cambio en la luz fue inmediato. Se hizo el silencio. El cielo se oscureció y se podía mirar al sol directamente, sin las gafas. El sol era una enorme circunferencia negra rodeada por una corona de luz blanca y destellante. Se veían las estrellas. El horizonte se tiñó de amarillo topacio de una forma totalmente diferente a como lo hace al atardecer.

El momento en el que pude mirar al sol con mis propios ojos, ese sol negro y enorme, me produjo una punzada en el cuerpo. Como un rayo frío que recorrió mi esternón. Empecé a tener palpitaciones y coloqué mis manos en el pecho. Las lágrimas me caían a borbotones. Mirando hacia arriba las notaba resbalar por las orejas. Sentí la inmensidad y el vértigo que produce estar flotando en el universo. Era la primera vez que sentía que de verdad estaba en un planeta.

Fueron 2 minutos y 41 segundos de eclipse total. Todo el mundo a mi alrededor lloraba y respiraba con agitación. Fue algo tan universalmente hermoso que las reacciones que produce son similares, vengas de donde vengas, tengas la cultura que tengas. Podría decirse que casi todos los allí presentes sufrimos al unísono el síndrome de Stendhal, una reacción fisiológica equivalente a un ataque de pánico, que se sufre y se disfruta, ante la contemplación de algo brutalmente bello.

En efecto, puedes verlo en vídeo, leer magníficas descripciones del fenómeno y de las sensaciones que provoca, pero si no vas al lugar en el que se produce y lo ves con tus propios ojos, no puedes hacerte una idea de lo que es.

El próximo eclipse total se podrá ver en Chile y en Argentina en julio de 2019. El próximo que se verá en España se producirá en agosto de 2026. Que nadie te lo cuente. Yo nunca fui tan consciente de estar en un planeta como lo fui el 21 de agosto de 2017.

Este artículo fue publicado originalmente en el cultural “El Observador de la Belleza” de L’Oréal

 

 

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