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Si has pintado tu nombre en el pupitre, ya sabes cómo empezó el grafiti

¿Alguna vez has marcado tu pupitre con tu nombre, con una frase, con un dibujo? ¿Alguna vez has escrito tu nombre en la puerta de un baño, en una pared? Casi todos hemos hecho algo así alguna vez. Dejar nuestra efímera impronta es una primitiva forma de grafiti.

El grafiti, tal y como lo entendemos ahora, nos acompaña desde los años 70. Pero su historia se remonta mucho más atrás en el tiempo. Dejar constancia de nuestro nombre y de dónde hemos estado no es ninguna novedad.

Durante la segunda guerra mundial, un misterioso grafitero siempre parecía preceder a las fuerzas aliadas: Kilroy. Muros derribados, cajas de municiones, señales de tráfico, casi cualquier objeto que se cruzara con los soldados norteamericanos en el mundo entero ya incluía el dibujo de un tipo asomando la nariz detrás de un muro y una frase: «Kilroy estuvo aquí».

Por aquel entonces el grafiti no significaba lo que hoy entendemos como grafiti. La primera vez que se empleó este término fue a mediados del siglo XIX, cuando el arqueólogo Raffaele Garrucci tomó la palabra italiana graffiti para referirse a las pintadas e incisiones que se conservan en los muros de Pompeya desde tiempos del Imperio Romano. Esa imagen de Roma con paredes blancas y esculturas impolutas está adulterada por el paso del tiempo. Sabemos que todo aquello estaba pintado de colores. Los muros se enlucían con estuco y se pintaban con pinturas hechas con cera y pigmentos naturales, similares a lo que hoy llamamos encáustica. La erupción del Vesubio en el 79 d.C. borró a Pompeya del mapa. Sin embargo, este incidente nos dejó un valioso legado: bajo capas y capas de ceniza, las pinturas sobrevivieron inalteradas durante casi dos milenios.

En los muros de Pompeya hallamos dibujos rudimentarios, frases satíricas, mensajes de amor, protestas. Mensajes similares a los que hoy podemos encontrarnos en la puerta de un baño, en una pared o en los pupitres de un instituto. Y, sobre todo, nombres. Nombres de ciudadanos que quisieron hacer constar que, como Kilroy, habían estado ahí.

Tras la Segunda Guerra Mundial «Kilroy estuvo aquí» se convirtió en un símbolo del orgullo y el coraje de los soldados norteamericanos. Se pintó en aviones bélicos y se gravó en placas conmemorativas. Pero quién era Kilroy era todo un enigma. La TCA (Transit Company of America) hizo un concurso para encontrar el origen de aquella pintada. Aquel que mostrase pruebas irrefutables de su identidad sería recompensado con un tranvía.

Jim Kilroy, un antiguo concejal de la ciudad de Boston y supervisor de astillero, había hallado la respuesta. En el astillero Bethlehem Steel en Quincy (Massachusetts) trabajaba un obrero apellidado Kilroy. Él era el encargado de revisar los remaches de las planchas de metal durante la guerra. Para marcar que estas ya habían sido revisadas, comenzó dejando una marca con tiza. Sin embargo, estas marcas acababan borrándose. Como Kilroy cobraba por plancha revisada, ingenió un sistema más duradero y que garantizase que aquellas planchas habían sido revisadas por él y no por otro compañero. Se le ocurrió emplear pintura acrílica y escribir «Kilroy estuvo aquí» en cada una de ellas. A medida que los barcos recién construidos fueron zarpando de las costas norteamericanas para la zona de guerra, muchas de las marcas de pintura que había puesto Kilroy seguían siendo visibles. Los soldados norteamericanos que se dirigían a los frentes de combate pudieron ver las inscripciones. Aunque desconocían el origen real del dibujo, los soldados que veían el grafiti en los barcos lo interpretaron como una llamada a la heroicidad. A partir de entonces comenzaron a garabatear el dibujo original de Kilroy por todas partes. El grafiti se extendió durante este período por Europa, Asia y África. Fue el primer grafiti viral de la historia, la primera firma de una banda.

Esta teoría fue corroborada por los compañeros de trabajo del astillero de Jim Kilroy, quien acabó ganando el concurso de la TCA.

La invención de la pintura acrílica en los años 20 permitió a Kilroy que su inscripción resistiese el tiempo suficiente y que se convirtiese en un icono que hoy nos atrevemos a llamar grafiti. Aunque el grafiti propiamente dicho, el que comenzó invadiendo el metro y las paredes de Nueva York, no surgiría hasta unas décadas después.

La historia del grafiti de los años 70 también está íntimamente ligada a la pintura acrílica. Garabatear un muro de forma rápida y limpia, y que la pintura aguantase a la intemperie sin deteriorarse, era todo un desafío para los muralistas de principios del siglo XX. Con la llegada del acrílico al mundo del arte, el problema de la permanencia se había resuelto. Faltaba resolver el problema de la rapidez. Pintar con pincel es una tarea laboriosa, impensable para una pintura clandestina como el grafiti.

La comercialización de los primeros aerosoles de pintura acrílica coincide en el tiempo con los primeros grafitis estadounidenses. Los espráis permitían pintar rápido y de forma persistente. El grafitero Cornbread había llenado la ciudad de Filadelfia con su nombre empuñando un aerosol de pintura acrílica. El grafitero Taki 183 había hecho lo mismo en Nueva York y, gracias al metro y a su trabajo como mensajero, en muy poco tiempo su nombre se había esparcido por todo Manhattan. Tanto fue así que el acontecimiento ocupó una página de The New York Times en julio de 1971. Aquello avivó el ansia de otros muchos jóvenes a dejar su impronta más allá del pupitre. El grafiti se estaba transformando en un fenómeno artístico mundial. Los muros se convirtieron en lienzos sobre los que pintar «he estado aquí». Y es que, a lo largo de la historia, los muros nunca han sido algo diferente a eso.

Este artículo fue publicado originalmente en el cultural “El Observador de la Belleza” de L’Oréal

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