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¿Dónde está el límite entre lo lujoso y lo hortera?

Si poseyeses una escultura tan icónica y reconocible como un Balloon dog de Jeff Koons, ¿la mantendrías a resguardo o la exhibirías en el jardín, al alcance de la mirada de cualquiera?

En la película Animales nocturnos (2016) de Tom Ford, la protagonista, directora de una galería de arte moderno, da una fiesta para la alta sociedad de Los Ángeles. En el jardín de su ostentosa casa exhibe un Balloon dog de Koons que da la bienvenida a sus invitados. En la secuencia en la que aparece la escultura también se ve la grúa que la ha colocado ahí. La protagonista, interpretada por Amy Adams, está pasando una mala racha económica que trata de maquillar exhibiendo sus posesiones o haciendo creer que todavía las posee. En 2013 la casa de subastas Christie’s vendió Balloon Dog (Orange) a un pujante anónimo por más de 58 millones de dólares, convirtiéndose en la obra más cara de un artista vivo. Colocar una de esas esculturas en el jardín es como colocar un monumental trofeo que vocifera “tengo éxito” aunque ese éxito sea mentira.

Casi siempre que se habla de Jeff Koons se habla, a partes iguales, de éxito y de impostura. Con esos sustantivos se describe al personaje. En los medios de comunicación el personaje es más relevante que la obra. Aun así, tanto éxito como impostura son palabras que podrían emplearse para hablar de sus obras y dejar a un lado, por un momento, quién es el genio que hay tras ellas.

Las obras de Jeff Koons son figuritas de porcelana esmaltada hechas a gran escala. El homenaje a lo kitsch. Su escultura de porcelana Michael Jackson and Bubbles, en la que aparece la estrella del pop y su chimpancé, tiene la misma estructura triangular que la Piedad de Miguel Ángel. En ella Michael Jackson está tratado como un icono de autoridad religiosa.

Sus esculturas de madera policromada, como la del perro Poodle, están a caballo entre un objeto decorativo sobredimensionado y una talla religiosa. La porcelana esmaltada y la madera policromada son materiales propios de lo inútil, de lo meramente decorativo.

Tanto Michael Jackson and Bubbles como Poodle son, en gran medida, figuritas horteras, vulgares, aunque pretenciosas. Como el perro salchicha de porcelana esmaltada que mi abuela se trajo de Londres. Como el plato colorido con una langosta en relieve que tengo colgado en el salón. Objetos inútiles y pintorescos con los que pretendemos engalanar nuestras casas, que no sabemos hasta qué punto nos agradan o nos espantan, si es un conflicto de gustos o de generaciones. En todo caso esos objetos nos interpelan sobre la belleza. No cumplen otra función más que esa.

Las obras más icónicas de Koons son los Balloon dog y los Tulipanes, ambos pertenecientes a la serie Celebración. Unas esculturas que son como los globos de las fiestas de cumpleaños, pero de acero inoxidable y a mayor escala. Igual de relucientes. Parecen de goma, parecen ligeros, blandos y llenos de aire, pero son de acero, un material innoble que representa un objeto decorativo trivial. Son duros, pesados y enormes. Ni explotan como globos ni se deshinchan con el paso del tiempo, por eso son perennemente optimistas y festivos.

Las obras de Koons son trofeos contemporáneos. Por un lado, lo son del mismo modo que el galardón de un campeonato de fútbol puede ser un balón hecho de metal y colocado sobre una peana. Por otro lado, las esculturas de Koons son trofeos porque no sólo se poseen, sino que se ostentan.

Tanto los materiales, como la escala, como el objeto, son significativos en la obra de Koons. Tienen todo lo que se le debe exigir a una escultura. Los objetos de Koons son ready-mades, es decir, son objetos reconocibles, que ya existían, elevados a categoría arte.

El ready-made empezó con el artista Marcel Duchamp, quien en 1914 cogió un escurridor de botellas, lo firmó, lo colocó sobre una peana y lo convirtió en arte. O lo que hizo Andy Warhol con sus paquetes de detergente Brillo o sus latas de sopa Cambell. Los ready-mades de Duchamp son objetos que, antes de que el artista se apropiase de ellos, tenían utilidad, aunque no eran productos típicos de la cultura de consumo contemporánea.

Los ready-mades de Warhol sí fueron absolutamente contemporáneos y reconocibles por el consumidor. Eran objetos con cierta utilidad. Los ready-mades de Koons también son contemporáneos, pero de naturaleza inútil: son objetos kitsch, objetos de lujo basura. Ahí reside la importancia del objeto de la obra de Koons. Él pone el foco en lo fantasioso y lo banal. Hace que nos preguntemos cosas sobre la belleza que damos por hecho: qué es elegante y qué es vulgar. Qué hace que algo sea de buen o mal gusto. Qué es alta cultura y qué es baja cultura.

Sus obras de la serie Esferas reflejantes están formadas por una escultura de inmaculado yeso blanco representando a importantes y poderosos personajes, como Hércules Farnesio, y una bola azul resplandeciente. Estas bolas tienen su origen en los jardines victorianos y las encontramos en muchos hogares norteamericanos. Se han convertido en ornamentos familiares que dan la bienvenida a sus vecinos. Están realizadas en artesanal vidrio soplado. Reflejan al observador y lo que sucede a su alrededor.

Esa escultura blanca y refinada no es lo que acapara nuestra atención. Lo sugerente es esa bola brillante y azul. El interés artístico del Hércules Farnesio está concentrado en esa bola azul, en ese objeto banal y hortera. El presumible lujo clásico de una escultura heroica se desvanece. Su función es servir de atalaya para el lujo proletario, el que representa la bola azul.

Esa bola azul es la misma que Lady Gaga muestra en la portada de su álbum Artpop, diseñada por el artista Jeff Koons. Esta portada es un collage que incluye recortes de la escultura Apolo y Dafne (1622-1625) y de la obra El nacimiento de Venus de Botticelli (1486). Además, muestra una estatua de la cantante cubriéndose los pechos con las manos, sentada a horcajadas y sosteniendo una esfera azul entre las piernas. Tanto la obra de Botticelli, como la misma Lady Gaga, ya son iconos populares. Ambos se han estampado en camisetas.

Esa es la fantasía que Koons exalta, la del kitsch universal. Que una obra de arte clásico puede usarse como el estampado de un mantel de hule, y un objeto decorativo vulgar puede convertirse en una influyente obra de arte. ¿Dónde está el límite entre lo lujoso y lo hortera?

 

Este artículo fue publicado originalmente en el cultural “El Observador de la Belleza” de L’Oréal

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