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Entradas etiquetadas como “cobre”

Estatuas de bronce e historia

Desde siempre, realmente no recuerdo desde cuándo, pero debe de ser casi como desde siempre, me ha gustado observar la gente en la calle, quedarme quieto en algún puesto y observar cómo se mueven y lo que hacen en esa especie de silencio infinito que los cubre cuando no oyes lo que están hablando. Esa posibilidad de, por un lado no imaginando lo que están haciendo, que no me interesa, lo que están hablando, que tampoco me preocupa, sino esa especie de comportamientos, de cuerpos, de formas que van entrando y saliendo del espacio.

Juan Muñoz (1953-2001)

bronce 1

Tuve la suerte de poder contemplar varias obras de Juan Muñoz a lo largo de mi vida. La que recuerdo con mayor intensidad fue la primera. Se trataba de Figuras colgando (1999). Lo sorprendente de esa exposición es que lo primero que pude ver fueron las sombras de esas figuras sobre una impoluta pared blanca. Perecían dos hombres colgando del cuello, con una soga, muertos. Las sombras se movían, los cuerpos parecían girar todavía incorruptos, el suceso había sido inminente. Seguí caminando hacia las sombras, donde una pared impedía ver qué era lo que realmente sucedía. Al doblar la esquina ahí estaban, suspendidos del techo, dos hombres grises, pesados, agarrándose a la soga por los dientes, luchando por su vida ya sin fuerzas, desfallecidos, o vencidos por ella, víctimas de un abuso, o víctimas de sí mismos y sus instintos. La historia que allí se contaba era la historia que yo decidiese leer. Los hombres eran grises, neutros, de expresión limitada. Su gesto se escapaba del alcance de mi vista. Giraban muy lentamente. No había ninguna violencia más allá de la fuerza de sus dientes luchando contra la gravedad. Su historia seguía colgando, con armonía, con pulcritud. Su historia me pertenecía.

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Un paseo por mi historia a través del sulfato de cobre II

La primera vez que estuve en un laboratorio fue en mis años de colegio. Allí era donde la Química abandonaba los libros y las pizarras y se enredaba con la realidad.

Siempre era divertido bajar al laboratorio. Casi nunca sabíamos cuándo tocaría ir, pero prácticamente todos los días lo demandábamos. Allí era donde de verdad ocurrían las cosas que Joselu nos contaba. Se asomaba por la puerta del aula, con su decena de bolígrafos y su espátula en el bolsillo de la camisa, sus manos repletas de tiza, y nos decía ¡Al laboratorio! y salíamos en desbandada, nos colocábamos rápidamente en fila en el pasillo y esperábamos a que Joselu echase a andar.

001 6copper-sulfate1056

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