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Ocaso de cobalto (II)

Para Ana Mª Bello Moráis, mi madre,

porque ella es la luz que todo lo engalana.

Este verano visité la Mostra Internacional que celebra el Museo de Arte Contemporáneo Gas Natural Fenosa de A Coruña, y entre las obras expuestas seleccionadas estaba un cuadro con una presencia rotunda y a la vez de una belleza encandiladora y delicada. Se trataba de un pedazo de cielo rosicler, de una ventana impoluta hacia un cielo ligeramente azul donde se difuminan unas nubes tan finas y rosadas como la piel. Ese colorido tan sutil, con un límite tan difuso, recorre de un golpe de vista todos los ocasos, esa obsesión perenne de la pintura a lo largo de toda la historia del Arte. Recordé las minuciosas pinceladas rosas de las obras de Turner, de Monet, de Renoir, hasta las abruptas pinceladas de los horizontes de Rothko. Este cielo era sólo un pedazo del cielo, sólo el matiz.

Cuadro F. Herbello

Cuadrado higroscópico. Cloruro de cobalto II sobre lienzo (106,2 x 106,5 cm). Fran Herbello, 2014

El título de la obra es Cuadrado higroscópico y la ficha técnica Cloruro de cobalto II sobre lienzo. Un solo pigmento que alberga los azules y los rosas del cielo, un solo pigmento tornadizo e higroscópico sobre un lienzo blanco impoluto. Me emocioné muchísimo. Estaba ante una obra de inmensa belleza, con la perfecta armonía de ese tipo de Arte en el que nada es caprichoso: el objeto, el título y los materiales. Todo cobraba un sentido mayor, era más que un pedazo de cielo impresionista, era el mismo cielo congelado en un cuadro.

El objeto, el título y los materiales están perfectamente encajados, y es ahí donde residen las diferentes capas de lectura, donde se esconde la belleza íntima de la obra. Y todo nace de la simetría del cloruro de cobalto II empleado como pigmento. De nuevo la Química ha posibilitado esta obra y la ha dotado de sentido.

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Ocaso de cobalto (I)

Para mí un paisaje no existe en sí mismo, ya que su aspecto cambia en cada momento, pero su entorno lo trae a la vida, el aire y la luz, que varían continuamente. 

Claude Monet

Cuando la luz del día comienza a perderse en el ocaso, las nubes de frío blanco se van volviendo de carne sonrosada bajo un manto de tenue azul. Los azules se tornan cálidos hasta perecer ardiendo en el horizonte. El incendio es la fugaz antesala de la negrura.

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Manuel Muñoz Iglesias, A Coruña

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