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Ocaso de cobalto (I)

Para mí un paisaje no existe en sí mismo, ya que su aspecto cambia en cada momento, pero su entorno lo trae a la vida, el aire y la luz, que varían continuamente. 

Claude Monet

Cuando la luz del día comienza a perderse en el ocaso, las nubes de frío blanco se van volviendo de carne sonrosada bajo un manto de tenue azul. Los azules se tornan cálidos hasta perecer ardiendo en el horizonte. El incendio es la fugaz antesala de la negrura.

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Manuel Muñoz Iglesias, A Coruña

La luz del Sol se dispersa en todos los colores como un haz de luz blanca al atravesar un prisma. La radiación de menor longitud de onda (el color azul-violeta) es el que más se aleja del ángulo de incidencia, y la radiación de mayor longitud de onda (el color rojo) es la más cercana a la dirección del haz.

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En la atmósfera hay partículas suspendidas cuyo tamaño es del orden de la longitud de onda de la radiación visible e incluso menor, por lo que se convierten en obstáculos contra los que la radiación visible choca y se difunde. Las longitudes de onda largas serán menos difundidas que las cortas, ya que el tamaño del obstáculo será comparativamente menor. Es por ello por lo que la radiación de onda corta (azul y violeta) se difunde, dando lugar al color azul del cielo; y la corta (rojos y amarillos) prácticamente no se difunde y nos llega directamente del Sol, por eso lo vemos de ese color cuando lo miramos directamente. A este fenómeno se le conoce como esparcimiento de Rayleigh (término clásicamente conocido como dispersión de Rayleigh). El hecho de que veamos el cielo azul y no violeta se debe a que nuestros ojos son especialmente sensibles al azul.

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Esparcimiento de Rayleigh

Cuando se acerca el ocaso, la luz ha de recorrer un camino mayor, se enfrenta a un mayor número de obstáculos, los cuales en lugar de dispersar la radiación llegan a absorberla. La radiación más alejada del ángulo de incidencia (la violeta-azul) se va perdiendo en el horizonte y se atenúa a nuestros ojos. El rojo es el único color que nos llega directamente del Sol, por eso lo vemos así. El naranja y amarillo también se dispersan (aunque en menor medida de lo que lo hacía la radiación de menor longitud de onda) y por eso el cielo que rodea el Sol es de esos colores. El verde se dispersa más por su menor longitud de onda, y aunque no se puede apreciar en todas las puestas de Sol a veces se atisba un tenue color verde separando las zonas amarillentas y azuladas de cielo. El azul y violeta, aunque dispersan mucho más, ya llega mucha menos radiación de esta longitud de onda en el ocaso, por lo que sólo lejos del Sol podemos ver algo de estos colores.

Si las partículas son mayores que la longitud de onda, como ocurre con las nubes o la niebla, la dispersión es independiente de ésta, y se rige por la teoría de Mie. Todas las longitudes de onda sufren la misma dispersión, es decir, afecta a todos los colores por igual. Además, la dispersión ocurre preferentemente en una dirección no muy desviada de la original, así que aunque la mayoría de fotones se dispersen, se desviarán solo un poco. Las microscópicas gotas de agua que forman las nubes son mayores que la longitud de onda de la luz visible, y por eso son blancas (o grises), ya que todos los colores de la luz que las atraviesan se dispersan por igual.

Al atardecer, las nubes reflejan los nuevos tonos cálidos dominantes, los rosados, los anaranjados, que bajo la atenuada cúpula azul dan lugar al característico cielo rosicler del atardecer.

Ahora me siento como el paisaje, puedo ser audaz e incluir todos los tonos de azul y rosa: es encantador, es delicioso.

Claude Monet

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Puesta de Sol en el mar. Auguste Pierre Renoir, 1879

Cuando la fotografía irrumpió en el mundo del Arte, reflejar la realidad tal y como aparece ante nuestros ojos, se convirtió en una técnica en la que los objetos podían registrarse instantáneamente. Esto supuso una revolución de formato y de contenido, pues la pintura parecía haber perdido uno de sus cometidos en pro de una técnica más eficaz. Así que la fotografía, al menos como técnica, supuso la inminente llegada del Impresionismo. La pintura dejó de ser la retina de la realidad, dejando esta tarea a la fotografía. Comenzó una época para la pintura en la que la luz de lo retratado era más importante que el objeto. El detalle había sucumbido a las gruesas pinceladas de la luz. Había que pintar la luz.

Yo quiero pintar el aire que envuelve el puente, la casa, el barco, la belleza del aire en el que están estos objetos. El motivo es para mí del todo secundario; lo que quiero representar es lo que existe entre el motivo y yo.

Claude Monet

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Impresión, sol naciente. Claude Monet, 1872

Desde aquellos días a los nuestros, pintar la luz ha sido la intención inalcanzable de prácticamente cualquier artista, desde los románticos, como Turner, a los vanguardistas. Desde la pausa de Monet a la urgencia de Rothko. El sueño de coger un pedazo de cielo rosicler y mantenerlo a resguardo.

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Número 14. Mark Rothko, 1960

Todos ellos despiadadamente limitados por la técnica. Ahí reside el alma artesana del artista, el experimentador, el estudioso de los pigmentos, los aglutinantes, los lienzos, los tiempos de secado… En ese punto, y sólo en ese punto, conviven la Química y el Arte, sólo cuando se necesitan, sólo cuando la continuidad de uno reside en las exigencias del otro. La Química es el instrumento divino puesto a disposición del Arte. Y cualquier relación entre la Química y el Arte fuera de este contexto caerá en el error de la banalización.

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Fighting temeraire tugged to her last berth to be broken up. J.M. William Turner, 1838

Artistas como Turner, adscritos al Romanticismo, tuvieron que lidiar con la escasa paleta de color de la época. Muchos pigmentos sintéticos todavía no se habían desarrollado y, pese a las limitaciones, “el pintor de la luz” logró como ninguno plasmar la fiereza de la luz del ocaso, con obras de un cromatismo exquisito y vibrante: del rosa más suave, pasando por la fogosidad del naranja, hasta el azul más intenso, que hoy en día conservan la misma potencia de color.

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Boulevard Montmartre. Camille Pissarro, 1897

Artistas del Impresionismo como Pissarro, lejos de emprender una batalla técnica con la fotografía, insistieron en tratar de reflejar la luz y no sucumbir a la supremacía del objeto. Pissarro se dedicó, por ejemplo, a pintar la avenida Montmatre en la que vivía a diferentes horas del día y en diferentes épocas del año. La avenida era diferente porque la luz que reflejaba iba cambiando con ella.

Bienaventurados los que ven cosas hermosas en lugares humildes donde otros no ven nada.

Camille Pissarro

Monet, cuya obra “Impresión, Sol naciente (1872)” dio nombre al movimiento, también sintió la necesidad de pintar la luz, de supeditar el objeto retratado a la luz, a los colores cambiantes del día. Es por ello que Monet tiene obras en las que el objeto retratado es el mismo, como la Catedral de Ruan, pero la paleta de color empleada en cada obra es diferente.

El único mérito que tengo es haber pintado directamente de la naturaleza con el objetivo de transmitir mis impresiones frente a los efectos más fugaces.

Claude Monet

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La Catedral de Ruan. Claude Monet

A mediados del siglo XIX, gracias a la investigación científica, surgieron nuevos pigmentos sintéticos y con ellos nuevos colores, de mayor pureza y saturación, que podían emplearse en pintura al óleo. A partir del uso de estos nuevos colores saturados los artistas dieron lugar a la ley del contraste cromático en la que “todo color es relativo a los colores que le rodean”, y la ley de colores complementarios enriqueciendo el uso de colores puros bajo contrastes, generalmente de fríos y cálidos. Las sombras pasaron de estar compuestas por colores oscuros a estar compuestas por colores fríos o desaturados que, a la vez, creaban ilusión de profundidad. Del mismo modo, las luces pasaron de ser claras a ser saturadas y cálidas, resaltando del fondo. Podemos decir que, rompiendo con la dinámica clásica del claroscuro, más propio del dibujo, una sombra podría ser más intensa, clara y saturada que una luz y, sin embargo, seguir creando ilusión de sombra y profundidad.

Los pintores impresionistas consiguieron enriquecer el lenguaje plástico separando los recursos propios del dibujo y aplicando únicamente los recursos propios de la pintura. Para definir la forma, su riqueza de color les permitió afinar el volumen mediante más matices lumínicos, creando luces dentro de las zonas de sombra y sombras dentro de las zonas iluminadas recurriendo únicamente al uso del color.

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San Giorgio Maggiore durante el crepúsculo. Claude Monet (1908)

En el ocaso todos los colores se derrumban, la luz se hunde dejando un rastro efímero de color, la paleta más rica y emocionante, la aspiración permanente del artista que se fuga a cada instante, la divina naturaleza que nos regala las últimas pinceladas de luz.

La serie de este artículo continúa en Ocaso de cobalto (II)

Fuentes:

Stephen Farthing. Arte, toda la historia. Ed. Blume (2010)

José Jiménez. Monet. Biblioteca El Mundo (2003)

Marie-Claire Uberquoi. Renoir. Biblioteca El Mundo (2003)

Ingo F. Walter. El impresionismo. Ed. Océano (2003)

    7 comentarios en "Ocaso de cobalto (I)"

    • Álvaro says

      Te felicito. Me sorprendió tu calidez para dar vida a un tema que lo circunscribimos a la frialdad de las ciencias exactas.
      Una mini obra de arte.

      • Deborah García Bello says

        Muchísimas gracias Álvaro.

    • Me encanta la forma en que combinas ciencia y arte en este y otros artículos consiguiendo la dosis exacta (al menos para mí) de cada una.

      Un post redondo.

      • Deborah García Bello says

        Gracias Diana 🙂

    • Jorge says

      Hola Deborah,
      Soy nuevo en tu blog y me encanta todo lo que escribes. De este artículo solo puntualizaría un detalle. Cuando dices:
      “En la atmósfera hay partículas (átomos y moléculas que componen el aire) cuyo tamaño es del orden de la longitud de onda de la radiación visible e incluso menor”
      Yo quitaría lo que está entre paréntesis, ya que el tamaño de un átomo o molécula es muchísimo menor que 400 nm. Supongo que serán partículas en suspensión, o microgotas de agua las que producen la dispersión, eso no lo tengo claro. Gracias!

      • Deborah García Bello says

        Pues no había caído en ello, y tienes razón, porque tal y como está se puede malintepretar. Gracias! 🙂

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