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Cómo definir el tiempo sin palabras ni fórmulas matemáticas

Si un niño te preguntase qué es el tiempo ¿serías capaz de contestarle y quedarte satisfecho con tu respuesta?

El filósofo San Agustín respondió a esta cuestión de una forma muy honesta y en la que es fácil reconocerse a uno mismo: «Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé; si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé».

Definir el tiempo es una tarea sin fin que arranca con los antiguos pensadores griegos, encabezados por Platón y Aristóteles, quienes definieron el tiempo en función del movimiento. Continúa en la Edad Media temprana, cuando destacan las ideas de San Agustín, para quien la medida del tiempo es subjetiva y su sentido reside en la esencia del alma: «si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad».

El debate alcanza su punto álgido en el siglo XVIII, con el desencuentro entre las posturas de Newton y Kant. Para Newton hay dos tipos de tiempo, el absoluto y el relativo. El tiempo absoluto es el tiempo verdadero, el que fluye irremediablemente, existamos o no. Newton entendía que el espacio y el tiempo absolutos eran atributos de Dios, uno expresando su divina omnipresencia y el otro su divina eternidad. Sin embargo, para Kant «el tiempo es una forma pura de la sensibilidad», es una intuición propia del ser humano y que, sin él, no existe.

El debate llega hasta nuestros días. Por un lado, están las definiciones que derivan de la relatividad especial propuesta por Einstein. Por otro lado, está la concepción del tiempo reacia al mecanicismo, encarnada en filósofos como Heidegger y Bergson, quienes sitúan al hombre y a la conciencia como principales focos de atención, por encima de la física o las matemáticas.

El filósofo Henri Bergson decía que «El tiempo es invención o no es nada en absoluto». Esta afirmación, en apariencia tan sencilla, encierra el largo viaje que hemos hecho tratando de definir qué es el tiempo.

Hagamos el siguiente experimento: intenta definir el tiempo con palabras. Busca una definición y escríbela. Resulta harto difícil. La definición objetiva del tiempo, con palabras o con metáforas matemáticas, resulta terriblemente insatisfactoria. «Porque estamos hechos, no de carne y hueso, sino de tiempo, de fugacidad, cuya metáfora inmediata es el agua», decía Borges.

Los artistas abordan esta cuestión desde la maleabilidad del lenguaje —la poesía—o la de las artes plásticas. Para Borges el tiempo es de agua, para el artista Richard Serra es de acero oxidado.

Una de las definiciones de tiempo más convincentes que he hallado, no la he leído en ninguna parte, sino que la he experimentado. Ocurrió mientras contemplaba y recorría unas esculturas del artista Richard Serra: «La materia del tiempo».

«La materia del tiempo» no es una escultura, sino que es un campo de esculturas. Cuando te adentras en la sala del Museo Guggenheim en la que están expuestas de forma permanente, ocurre algo que no suele suceder en el resto de salas de museos de arte. Hay un murmullo constante, gente que va y que viene, que entra dentro de las esculturas con libertad, sin preguntarse si eso se puede hacer o no. Se aventuran a entrar en ellas porque son enormes y son de acero, como construcciones arquitectónicas, como cascos de barco varados en la ría de Bilbao. Olvidamos que estamos en un museo y nos comportamos como si estuviésemos al aire libre, pero manteniendo cierta liturgia y sin tocar.

Desde la distancia, las esculturas parecen simples, de trazos limpios, como dibujos. Hay elipses dobles y espirales, secciones de toros y de esferas. No hay ninguna recta, sólo la ilusión de una recta. Estas formas generan diferentes efectos en el movimiento y en la percepción. A medida que las recorres y las rodeas, se crea una vertiginosa sensación de espacio en movimiento. Las paredes de acero se torsionan, estrechan el camino bajo nuestros pies o amplían la luz sobre nuestras cabezas. Es como recorrer un laberinto sensible. Sin pretenderlo, nuestros pasos se aceleran o se frenan en función del espacio.

Las planchas de acero crean juegos de concavidades y convexidades. Generan un espacio extraño, una atmósfera inquietante en la que te conviertes en un paseante sujeto a fuerzas centrípetas y centrífugas cuando deambulas por el interior.

Las esculturas sugieren dos tipos de tiempo. El tiempo físico, que es el que tardamos en completar el recorrido. Y el perceptivo, que es el verdaderamente interesante, el que apela a la definición sensible del tiempo. «Titulé así esta obra —la materia del tiempo— porque se basa en la idea de temporalidad múltiple, de tiempos que se superponen. La duración de la experiencia de una pieza es diferente a la de otra. Por un lado, la experiencia es íntima, privada, psicológica y estética, y por el otro, es externa, social y pública» declaró Richard Serra.

Las obras están realizadas en acero patinable, que es una clase de acero que se va oxidando superficialmente, protegiendo la integridad del acero interior. Cuando se instalaron eran de color negro metálico. Trascurridos los años, el acero se ha ido oxidando hasta adquirir un color ámbar permanente. La herrumbre que cubre el acero es el símbolo del tiempo, es la metáfora material de qué es el tiempo.

Si un niño me preguntase qué es el tiempo, posiblemente no le contestaría con palabras ni con fórmulas matemáticas. Porque las definiciones más satisfactorias no siempre son las aparentemente más simples y objetivas. Conceptos tan abstractos y complejos como el tiempo se pueden definir con materia, apelando a la sensibilidad. Le diría a ese niño que pasease libremente por «La materia del tiempo».

Este artículo fue publicado originalmente en el cultural “El Observador de la Belleza” de L’Oréal

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