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Despreciar el arte contemporáneo está permitido

¿Has visto la obra de Santiago Sierra? Como todos los años, el pasado fin de semana estuve en ARCO. Al regresar, la pregunta que abrió la mayor parte de mis conversaciones sobre la feria fue más o menos la misma. No, no he visto la obra de Santiago Sierra. Ni yo, ni prácticamente nadie, porque no llegó a exponerse al público. La galería la retiró de su stand. Yo habría hecho lo mismo. La atención de los visitantes se habría centrado, como en cada edición, en el escándalo de turno. Y ARCO es una feria. Allí se va a hacer negocios, no a participar de la sociedad del espectáculo que sucede de puertas afuera.

El sábado comí un bocadillo de jamón serrano sentada al sol en uno de los bancos que hay cerca de la entrada del pabellón 9 del IFEMA. A mi lado un grupo de jóvenes charlaban. ¿Cuánto nos habría costado la entrada a ARCO si no viniésemos con la escuela? 40 euros, contestaba una de ellos. ¡Es una barbaridad! Con ese precio creas una barrera entre la gente y el arte contemporáneo. Es que ARCO es una feria, no es una exposición. Si quieres ver arte contemporáneo, vete a un museo o a una galería, que es gratis. Si quieres comprar arte, vete a ARCO. Si quieres hacer contactos, si quieres negociar con galeristas, comisarios, coleccionistas, vete a ARCO. Yo asentía para mis adentros a todo lo que la chica estaba explicando. Hemos entendido mal el concepto de feria.

La feria de ARCO está compuesta por un centenar de galerías. Cada una ocupa uno o varios stands. Estas galerías pagan por estar ahí, y además han de pasar un filtro de calidad. No todo el que paga puede exponer en ARCO. Las obras y las galerías que van a ARCO dan categoría a la feria y viceversa. Así funciona el tinglado.

La calidad de este año estuvo muy por encima de la media. Estaban algunos de los de siempre. Esos que da gusto encontrarse y ver como año tras año su obra se revaloriza. Y algunos nombres nuevos. Repetían los cuadros de resina epoxi sobre lienzo de Peter Zimmermann; los monocromos de Jason Martin, este año con óleo; los de Ángela de la Cruz, este año sobre lienzos de hormigón; los aceros lacados de Gerold Miller; las esculturas de mármol de Juan Asensio; las fotografías troqueladas de Miguel Rothschild; las ventanas de Christian García Bello, de óleo, cera y barniz sobre papel; los bustos de resina acrílica de Juan Luis Moraza; los óleos de Damien Meade. Había alguna novedad inesperada que agolpaba al público a su alrededor, como las esculturas cerámicas de Kim Simmonson cubiertas de fibras de nylon o la niña durmiente de Hans Op the Beeck cubierta de poliamida, ambas con un llamativo acabado aterciopelado. Había magníficas obras seleccionadas de menos de 2.018 euros señaladas con el hashtag #mecomprounaobra, como los extraordinarios óleos de Peter Krauskopf.

Las conversaciones, la prensa, los informativos tendrían que abrir con loas sobre alguno de ellos. Si de mí dependiese, la imagen destacada sería de la obra más contundente de toda la feria. No fue la de Santiago Sierra, sino la escultura Los hechos de Rodríguez-Méndez.

Todos los años ocurre lo mismo. Los medios escogen una o dos obras, generalmente de las más desafortunadas, y a partir de ella gestan el discurso de desprecio hacia el arte contemporáneo. No se puede apreciar aquello de lo que nada se sabe. Unos y otros, cómplices de su ignorancia compartida, la exhiben sin pudor. Está permitido alardear de ciertas ignorancias. No me hables de números que yo soy de letras. Quien no entiende nada de arte contemporáneo, difícilmente va a ver algo más que buena técnica en una obra de Velázquez.

La diferencia entre unas y otras es el tiempo. El tiempo otorga un valor fehaciente. Por eso todo el arte de su momento es, en gran medida, extemporáneo. El vulgo empezó a aplaudir el impresionismo un siglo después.

Cuando vuelvan a preguntarme si he visto la obra de Santiago Sierra, qué opino de lo sucedido, contestaré lo mismo que la primera vez que me lo preguntaron en una entrevista: todo ha sido una performance.

 

>>Ese artículo fue  originalmente escrito para L’Oreal con motivo de ARCO 2018.

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